jueves, 19 de abril de 2018

Dos cuentos de Gleiber Álvarez


Hay historias que se enredan solas. Imagen en el archivo de Julio Drossor


FUERA DEL REFUGIO
Cuando amaneció, los enfermeros de las primeras ambulancias se dispersaron. Yo tenía poco tiempo contemplando el panorama que había dejado nuestro frente de batalla, pero no dejaba de inquietarme un hombre que desde que llegué, iba de cuerpo en cuerpo sobre sus rodillas, muy lentamente, detenido en uno, después en otro.
Era una mañana de sol frío y había terminado de arrojar la última colilla a la yerba. Yo llevaba dos pares de guantes y aun así, me frotaba las manos. A él no lo vi enguantado.
Todavía se elevaban las humaredas negras en las lontananzas. Y no todo era muerto, pues algunos se movían mas no se ponían de pie y el viento traía quejidos detrás de las colinas.
Los enfermeros que cargaban la camilla le dijeron algo; hasta me parece, por los ademanes, que le gritaron; pero el hombre, que seguía postrado frente a un cadáver que sangraba, no pareció entender o no quiso escucharlos. <>, pensé fijándome en su camisón raído mientras manoseaba al cadáver.
No sé si los enfermeros me vieron. Pero cuando llegaron más unidades, me acerqué solo para verle bien el rostro a ese tipo, para descartar que lo conociera.
A medida que me acercaba, la yerba se tornaba roja, la podredumbre aumentaba. Tuve que cubrirme la nariz y la boca con la bufanda. Más soldados que enfermeros comenzaban a apilar cuerpos y no pisé a ninguno de los brazos junto a los perchones abiertos ni los torsos destrozados y cenicientos que estaban cerca de ese hombre que apenas hacía ruido.
Antes de avanzar un paso más, me detuve, siempre con la mano en la boca. Miré alrededor y me percaté que a la distancia dos soldados me observaban. No quise gritarles y levanté la mano con que no me cubría la boca y les hice la V; ellos se miraron y siguieron explorando lo que quedaba del campo de batalla; comprobaban los zippos negros y rápidamente los arrojaban donde los habían recogido. Mayor es mi alivio cada vez que recuerdo que no me fusilaron allí.
En cambio, este hombre seguía absorto, metiendo sus manos en uno de los contiguos al cadáver que sangraba. El cuerpo tenía la boca y los ojos abiertos y le faltaban varios dientes. En ese momento se volteó con violencia. Creo que no se había percatado de mi presencia. Su cara tenía cortadas y sus ojos sanguinolentos estaban puestos en la nada a pesar de que se dirigía a mí. No pude verle las piernas. Fruncí el ceño; esperé que dijera algo pero no dijo palabras. Parecía esbozar una sonrisa.
Al fin dije:
–Tus brazos están sangrando –y los señalé.
Él los miró sin sacar las manos del costado del cuerpo, debajo del chaleco quemado. Volvió a mirarme y no dijo nada.
–Pues parece ser tuya –dije todavía cubriéndome la boca.
Él continuó manoseando al cuerpo, sin hacer mayor caso. Y cuando me agaché para estar a su altura, no sé de dónde, el tipo empuñó una navaja, una de esas navajas suizas muy brillantes y la pasó frente a mi cara. No diré que a esa distancia pudo cortarme, pero un poco más y quién sabe si me fuese dejado sin nariz.
–¡¿Qué diablos haces?!
–Estoy cortando el aire –dijo esas palabras con un acento que nunca antes había escuchado y seguía pasándola de lado a lado, como si en verdad el maldito estuviera cortando el aire.
Acaso por un minuto lo haya mirado directamente a los ojos, sin hacerme preguntas ni reparar en las cortadas de su rostro, solamente cerrando los puños en medio del aire pesado.
–Si sigues aquí, hoy mismo te mueres.
–Ya estoy muerto –dijo el maldito, ayudándose con sus largos brazos a saltar sobre otro cuerpo.
Me di vuelta y regresé por el sendero que había tomado sin aplastar a los miembros desgarrados, sin taparme la boca porque el viento dirigía la podredumbre en otra dirección.
Quise hundirme en las sombras de la Selva Negra y vi que uno de los enfermeros, a duras penas, luchaba para restañar a un caído con un puñal. Hasta me dio gracia. Paré por un momento en el tronco del roble, vi la colilla apagada y me dirigí hasta ellos.
Comprobé que estaba ensangrentado hasta el pecho de ese crío inquieto.
–Muchacho, ¿eres de aquí? –me preguntó atendiendo al herido.
–Sí, sí, somos unos pocos los que estamos a tres...
–Pásame el estuche.
–Aquí está.
–¡Eso no, hijo de puta! ¡Es una cantimplora!
No sé por qué le había pasado una cantimplora en vez de la petaca que me pedía.
La herida del infante tenía muy mal aspecto y el enfermero me dijo que no dejara que se fuera ni mucho menos tomara su revólver. ¿Es que acaso el crío quería suicidarse? Al poco rato regresó con dos enfermeros a amarrarlo: le amputarían la pierna. A fuerza le dieron un trago. Y me dije: <>.
Me di vuelta y de nuevo me fijé en el maldito que hurgaba en los cadáveres; estaba exactamente en el mismo lugar pero ahora dos soldados le hundían las culatas de sus ametralladoras en la cabeza. ¿Para qué gastar una bala en esa porquería? El infante gañía y ellos lo maldecían. Después, oí la brisa helada que venía de los cadáveres y la pila de obuses. Miré a los charcos de orina de las camillas y a las gasas rojas entre la yerba que a ratos rodaban más allá de los árboles quemados hasta hundirse en sus cenizas.
Más unidades llegaban y partían por la vera de la Selva.
Cuando los enfermeros se dieron un trago y encendieron sus cigarros camino a las ambulancias, dejaron el frasco al borde de la camilla y a una cajita con unos pocos. Y sin que nadie me dijera nada, entre los vacíos, sorbí lo que quedaba, que no era mucho pero suficiente para el resto de la mañana.
Bajo el cielo nubiloso y divisando escuadrones, pequeños grupos fueron apilando los cuerpos con acémilas; otros, contiguos a las unidades y a las estaciones, comenzaban a cavar profundas fosas que rociaban con gasolina y querosene. <>, pensé.
El puñal había quedado con el mismo brillo frío por encima de los pertrechos; no tenía funda, pero imagino que si la fuese tenido, sería igual de brillante. Su hoja era filosa, la empuñadura parecía de cobre y acaso estaba limpio porque olía a alcohol; así que me lo llevé.



LOS CONOCIDOS
A Samuel Beckett
–Pero, amigo mío, ¿por qué les temes tanto?
–No es que yo les tema... –respondía apretando la vajilla que llevaría al jardín contra su pecho y mirando con esos ojos sanguinolentos de un lado a otro, pero nunca a mi rostro– porque el día menos pensado... todos pueden amanecer muertos... sin una gota de sangre... o les cortaría las patas... tajo por tajo... por debajo de los vellos... hasta llegar a los ojos... y así a las mandíbulas cerradas... a la tráquea... por los... o mejor... guardaría las patas... para mí... y del fémur... al abdomen les arrancaría... el pellejo duro... y los cosería para colgarlos... de mis codos... a uno por uno los... próximos años como... tú dices que ustedes... los llaman sino que... más bien... vivo dando vueltas... sin ellos...
Ahora cruzaba el pasillo con el mismo paso.
Yo no entendí lo que quiso decir y me apresuré tras él, antes de perderlo o de perderme por andar en esos trechos silentes y mal iluminados que nunca me atreví a conocer por mi cuenta.
–Espera, espérame –le susurraba ateniéndome a sus ruegos de no gritar en ninguna parte.
Él giró súbitamente y, elevando un poco la voz, me dijo que ahí sí podían matarnos a los dos y que no levantaría un dedo para evitar que nos molieran a garrotazos.
 Con un nudo en la garganta asentí.
–Ni se te ocurra... de mí –dijo de camino al jardín.
Yo le musité a la altura del hombro:
–¿Es por eso que cada mañana dejas que las hundan hasta rozarte los órganos y el lagunar?
–Así... mismo...
No dijo más palabras y al fin cruzamos la alta entrada, que no tenía puerta ni cristal que la vedara. Todavía me parece curioso.
Mis ojos no podían penetrar más allá de la yerba negra ni del chorro de agua clara con el que limpiaba a la vajilla. Postrado como estaba, en medio de la charca que no aumentaba, sin sombra, parecía un centenario con ese traje que se diría parte de su piel. Más fue el tiempo que lo estuve contemplando que él lavando esa vajilla que relucía de blanco.
–Sígueme... sin desviarte de...
Esta vez la luz sobre nosotros me encandiló tanto que no pude ver el piso, así que me acerqué más y le pregunté, a la altura de su hombro:
–Fuera sido tan fácil para nosotros, ¿no?
–En verdad... que todavía no te das cuenta... no te das cuenta... de la magnitud de las cosas –me dijo sin siquiera voltearse, como otras veces lo había hecho.
Ninguno cruzó palabras hasta que llegamos al salón principal. Y aún estaba la larga mesa de esquinas pronunciadas, hecho que me sorprendió, porque hace muy poco uno de ellos, acaso hablando por todos, había declarado que la ceniza de esa mesa sería usada para marcarlo a él, que en todo momento estuvo mirando de un lado a otro, bajo el lagunar.
Ya no podía quedarme con estas palabras y le dije, mientras estábamos allí, que en mi morada le llamamos mesa o comedor y cada uno se sienta a su alrededor en sillas del mismo tamaño, aunque no siempre así si hay niños que no alcanzan su comida y que, probablemente, a esa hora estaríamos yantando un asado de domingo.
Él apenas me preguntó qué es una mesa y yo, que creí que podía aclararle las cosas, ante tal pregunta, dicha como quien no le interesa saber qué diablos significa una palabra que nunca antes ha escuchado, me saqué el aire del pecho y comencé a decirle que todo utensilio es una prolongación del cuerpo que lo creó.
A pesar de mi entusiasmo, él seguía atento a la mesa, poniendo sus ojos hundidos en todas partes.
Cuando ellos llegaron al salón principal, apenas pude mantenerme de pie. ¡Maldición! Tuve que recostarme en una de las salientes. Parecía que lo estaban interrogando, aunque nunca pude estar seguro; nada es seguro en los ademanes del salón principal.
–No te recuestes más. Ya no más... ya... no más –me suplicaba, a duras penas agitando mis hombros.
De un manotazo lo aparté de mí.
–Si quieres... apóyate en mis codos –repetía mirando de un lado a otro–. ¡Pero no te recuestes... las salientes!
De ahí pasó a arrastrarme en su espalda frente a ellos, que estaban inmóviles en una de las esquinas filosas de la mesa. La verdad es que no sé qué pretendía con eso ni adónde quería llevarme, porque únicamente alcanzamos a dar una vuelta en el mismo sitio.
–No te apoyes de él –le advirtieron y tiró mis manos de sus hombros.
Nunca toqué el suelo. Pero ya no sabía lo que le decían y no podía deducir nada porque él estaba viendo de un lado a otro, con las manos crispadas.
En el extremo de la mesa, una de las luces parpadeó hasta que se apagó. Al mirarlos de nuevo, ya no estaban, aunque él seguía con ojos de péndulo, tomándose las manos, frotándolas. Caminó de espalda con la misma parsimonia y se detuvo junto a mí.
–Mira arriba –me dijo.
Estábamos bajo el lagunar.
–¿Cuándo es que tú no te regresas? –le pregunté.
–No es... mío –replicó.
No quise preguntarle nada más y mientras estuvimos allí, bajé la cara porque en la medida en que contemplaba su profunda obscuridad, parecía agua obscura, inquieta, un pozo revuelto.
–Y si es cierto lo que me dijiste, ¿por qué no los degollaste cuando te interrogaban?
–Verás –dijo esbozando una sonrisa, sin dejar de mover sus pequeños ojos–, no me interrogaban... Me gusta más cuando... creen que pueden descuartizarme... por eso dejo que declaren cuanto haya en sus pechos... Porque si les hiciera beber... de sus venas... en una Cámara Negra... separados... nada más iluminadas... las cuencas vacías de los ojos... de sus pútridos muertos... cara a cara... malditos... pendiendo en el aire... sin esta voz que bien conocen... cascada... haría que no cambien sus palabras... solamente para verlos... chupándose las venas abiertas... con los vellos impregnados de su propia sangre... murmurando... luchando... luchando... por rogarme... La penumbra nos rodeaba... Yo coloqué la cubeta sobre la veladora... que no estaba con... ¿Yo no... estaré contando? Al momento de sangrar... observé las gotas... manaban efusivas... de la yema... su dedo corazón... Y cuando hayas contado... dos cientas... me interrumpes... Yo los contemplé... ciscarse... sí... ellos seguían... esgarrando sangre... cuando los clavé... en la tierra húmeda... con las estacas... de fierro... en la misma positura... y pasaba mis manos... para sentir el calor de su... esputo rojo... fiebre... cuerpos sudorosos... ensangrentados... desgraciados... arrastrándose... las fosas... miré... en todos sus ojos... la llama... entre mis manos... apresurados... por escaparse... cárdenas... de orina... charco casi negro... Y apreté sus apéndices... nervudos... arrastrándose en derredor... del vientre abierto... cubiertos de su propia mierda... revueltas... y se movían... aún lejos... del cuerpo... de escalpelos atezados... nadie más... oía esos alaridos... esos alaridos... todo el mundo en medio de las sombras... Yo no calenté a todas las estacas... dejé tres cenicientas... se cruzaron... y crepitaban... entre el humo... lejos del cuerpo... Pero sí a las tenazas mías... Los dejé sin boca... para que... más alaridos sordos... de mi cuidado... cesaron antes que yo... creía... es diferente... en cada caso... nunca acabé esa caterva... ya había otra... no cubrí... están secos... para tropezar ahí... a gusto mío...
Solo pude asentir, aunque no sé si me vio. Comenzaba a marearme el sueño entre esa parsimonia desesperante a la que ya me había acostumbrado, pero no podía cerrar los párpados por más que me pesaran. Y temí que ellos pudieran regresar y sin decirme nada, me desmembraran vivo o peor aún: desmembraran mi cadáver. Temí que él pudiera irse corriendo por el pasillo mal iluminado y atravesara el jardín para siempre.
Desde adentro sentí que me apuñalaban la cabeza tratando de recordar sus consabidas palabras. Primero cerré los ojos y repetí a las últimas que dije hasta cansarme. Así pude entrever a los asideros de vidrio y a varios escalones que nunca estuvieron allí. Después hice un recorrido por donde había pasado y vi los mismos bordes negros de los ajuares. Yo no puedo decir ajuares, porque nunca soltaron luz. A lo mejor, estaban ellos. Pero en esa vía de la entrada hacia el pasillo, la hilera de luces mortecinas se apagó, dejando ver a los bordes. Ahora creo que hubo dicho a los regatones argentados.
–¿Por qué no me miras, por qué no siempre estás viendo a una parte? ¿Es que te angustia que lleguen sin advertir su presencia?
–La última vez... que vi directamente a los ojos... no los... no los volví a ver más...
Ahora contemplaba la mesa de esquina a esquina, llevándose las manos a la boca.
–Entonces, ¿para quién no es el lagunar? –le pregunté, fijándome de cerca en ese rostro aquilino, de ojos hundidos, sanguinolentos.
–El día... como ustedes... los llaman... en que dejes de hablar de sillas... mesas que ni ellos ni yo nunca hemos visto... camines de ida y vuelta... más allá de la yerba negra... sin sorber una gota... de agua... acaso sabrás quiénes... no están cerca de ti para... que hundas tus manos en sus vientres... sientas la carne que tiembla... tiembla mientras te abres paso por los huesos... plétoras... la sangre caliente que te llama cuando la saques y vuelvas a hundirte... hasta los hombros y veas que esa sangre que te cubre... no puede... no ser mejor... que nada que hayas visto... en tus años...



Gleiber Alvarez (San Carlos de Austria, Cojedes, Venezuela, 1994). Licenciado en Educación Mención Castellano y Literatura por la Universidad Nacional Experimental de Los Llanos Occidentales Ezequiel Zamora (UNELLEZ, Cojedes). Se ha desempeñado como profesor de inglés en colegios de su ciudad natal, misma en la que se cuenta su participación en diversos recitales de poesía. Regularmente escribe en la webzine Panfletonegro y en su blog personal Aburileo (https://aburileoblog.blogspot.com/). Ha colaborado con el diario regional Las Noticias de Cojedes y publicado cuentos y poemas en las revistas Almiar, El Grito Literario, Letralia, Monolito, Philos, entre otras.

SAN ANTONIO DE BERRÍO: EL PRIMER PUEBLO FUNDADO EN COJEDES (Argenis Agüero)


 
El habitante originario del “Nuevo Mundo” fue sometido a crueles estados 
de guerra y esclavitud por los conquistadores y colonos de la culta Europa 


El proceso de conquista y ocupación del territorio cojedeño por parte de los conquistadores y encomenderos se remonta al siglo XVII, siendo entonces cuando se inició el proceso de colonización europeo en Cojedes. Ello se produjo con el establecimiento del primer centro poblado, al cual se denominó “San Antonio de Berrío”, fundado por Baltazar Matías de Almao el año 1616, comunidad que se mantuvo hasta 1621 cuando debido a los maltratos hechos a los indígenas estos se fugaron hacia Araure. Este conquistador logró reducir a los indígenas “guamonteyes” que se encontraban en los montes de Acarigua, huyéndole a los indígenas “caribes”; Almao los llevó al sitio de Tucuraguas y allí estableció un poblado, como ya se dijo, en 1616, donde pagaba los costos de la iglesia y un sacerdote (no misionero) pero varios años después ante la ausencia de Almao el poblado quedó a cargo del Alférez José Suarez, quien condujo a varios indígenas al valle de Acarigua, obligándolos a realizar trabajos forzados, maltratándolos, lo cual provocó que muchos huyeran hacia los ríos muriendo ahogados más de 300 entre mujeres y niños, provocando así el final del poblado en 1621.
 La fundación de este pueblo aparece reflejada en los registros de encomiendas, siendo publicado por Vicente Dávila en su libro “Encomiendas”, tomo V (pág. 180):
 Auto expedido por el gobernador don Francisco Núñez Melean, con inclusión de una petición hecha por el cap. Bartolomé Suarez Daboín a nombre del cap. Baltasar Matías de Almao, y la real cedula despachada en su favor. el dho mi parte hizo asiento con el gobernador don Francisco de la Hoz Berrío que lo fue de esta provincia de hacer los castigos en los indios hirajares y ... poblar un pueblo de cantidad de mil cien indios con iglesia y campana y cura a su costa para que en nombre de su majestad se le hiciese merced de prorrogarle una vida  más la encomienda que posee en segunda vida  y en cumplimiento del asiento el dho mi parte hizo los castigos... y asi mesmo pobló en el valle de Tucuragua el pueblo nombrado San Antonio de Berrío con más cantidad de mil y cien indios en forma de pueblo con iglesia y campana y cura que lo fue el licenciado Cristóbal Gómez...
Se adjuntan aquí los testimonios ofrecidos por el propio Baltazar a través de testigos que avalan su labor fundadora del pueblo de San Antonio de Berrío en Tucuragua:
interrogatorio presentado por el cap. Baltasar Matías de Almao, para que examinen los testigos.. : iten saben, vieron o han oído decir que el año pasado de seiscientos y diecisiete el señor gobernador y capitán general que fue de esta provincia don Francisco de la Hoz Berrío acatando la mucha lealtad mía, de mis padres y abuelos que han servido a  su majestad hemos tenido en su conformidad me dirigió comisión y título en forma de Capitán de Infantería para que como tal vasallo del rey ntro señor levantase e hiciese jente militar y que entrase en los llanos a descubrir y castigar los indios de nación noaras rebeldes a la corona del rey...
...iten si saben o han oído decir... teniendo noticia y certidumbre que algunas parcialidades de indios de los llanos se habían retirado de temor de los caribes cerca del valle de Acarigua y pueblo de San Miguel... pedí y suplique al dicho Gobernador me diese comisión para poblarlos y reducirlos en buena paz, el cual... me concedió la dicha comisión... y con bastante número de soldados hice la dicha entrada y... sin ser necesario guerras ni contienda los reducí a buena paz en servicio de dios ntro señor y del rey don Felipe, cuyas cabezas de nación eran los capitanes Ariguiguare y Aguriagure Auramaquire y el capitán Acarigua,  Yanahaure,  el capitan Poporo Paparitano Araiguana con más de mil indios sus sujetos y deseando el cristianismo los saqué y poblé en nombre del rey sin apremio alguno en el sitio que llaman Tucuragua...”
Destaca como información singular en el párrafo anterior la identificación por su nombre autóctono de varios caciques indígenas reducidos por el Capitán Baltazar Matías de Almao, pudiendo ser esta la primera referencia de este tipo que se tiene para la región de Cojedes.
También publica Vicente Dávila los testimonios presentados años después por el Capitán Juan de Salas para demostrar su vínculo parental con Baltazar Matías de Almao y la responsabilidad de este en la fundación de dicho poblado:
información de testigos que ofrece dar el cap. Juan de Salas , por el tenor siguiente: digo que el cap. Baltazar Matías de Almao, mi padre, hizo asiento y capitulación con don Francisco de la Hoz Berrío, Gobernador y Capitán General de esta provincia, el cual le dio título de Capitán de Infantería, para que pudiese hacer gente y con ella entrar a su costa a los llanos a conquistar y reducir mucha cantidad de indios de las naciones que en dichos llanos hay, y de tenerlos juntos agregados hiciese un pueblo en nombre de su majestad, como lo hizo, y habiendo reducido y sacado de los dichos llanos más de mil y trescientos indios, con sus mujeres e hijos, los pobló en nombre de su majestad en un pueblo llamado San Antonio de Berrío o Tucuragua...  ...y les hizo iglesia y puso en él al licenciado Cristóbal Gómez para que les fuese enseñando lo que de su obligación era, y bautizándolos como cura doctrinero que era del dicho pueblo, y estuvo en el mas de tres o cuatro años de asistencia dándoles doctrina a los dichos indios, y el dicho mi padre le pagaba su estipendio todos los años, y así mismo tuvo en su resguardo ocho hombres con sus armas y demás pertrechos todo el tiempo...”
Aunque solo tuvo una duración de apenas cinco años, San Antonio de Berrio, en Tucuragua, constituye el primer poblado establecido por los españoles en territorio cojedeño, con la particularidad de que el mismo tuvo carácter laico, a diferencia de los siguientes, que fueron pueblos misionales fundados por religiosos capuchinos.
Después de transcurridos 40 años de la desaparición de San Antonio de Berrio, se produjo la fundación de otro centro poblado en la zona de Tucuragua (probablemente en el mismo lugar), el cual se produjo como consecuencia de que en abril de 1661 se fugaron los indígenas guamonteyes asentados en el pueblo de Auro y los cherrechenes del pueblo de Araure (actual estado Portuguesa),  estos últimos huyeron hacia el rio Pao y los primeros hacia la zona de Tucuragua. Los misioneros siguieron tras ellos, fundando entonces los pueblos San Francisco del Pao y San Antonio de Tucuragua, ambos a mediados de 1661, convirtiéndose así, estos dos poblados en los primeros pueblos misionales establecidos en el actual territorio cojedeño.
Al relatar los pormenores del desplazamiento indígena en la zona, por el abandono del pueblo San Antonio de Auro, en tierras del actual estado Portuguesa, el hermano Nectario María dice:
Fray Eusebio de Sevilla siguió a los fugitivos manteniéndose en la expectativa hasta ver donde se detenían los indios, los cuales acamparon en Tucuragua por fines de junio de 1660. Allí se quedó con ellos el misionero, logrando afianzarlos en este asiento al cual conservó el título de San Antonio agregando el de Tucuragua: San Antonio de Tucuragua”. Y refiriéndose a dicho pueblo Nectario María señala: “en cuyo desarrollo reconcentraron sus esfuerzos los misioneros, en especial Fray Rodrigo de Granada, pues allí construyó chozas para los misioneros e indios y una amplia y rústica iglesia de palmas”.
El Padre Buenaventura de Carrocera en su libro “La Misión de los capuchinos en los llanos de Caracas” (Tomo I), señala al respecto:
no tenemos noticias tan explicitas sobre la fundación de San Antonio de Tucuragua... consta ciertamente de su existencia a mediados de 1664 y que para esa fecha tenía una regular población de habitantes, puesto que en noviembre del citado año, entre los del Pao y Tucuragua daban una cifra total de 1.200 almas... esos pueblos, únicos que seguían teniendo aun en 1669, El Pao y Tucuragua, reunían en total 1.500 habitantes... en 1673 los misioneros decidieron retirarse a Tucuragua y continuar la catequización de los aquí poblados...”
Este poblado misional duró unos veinte años ya que luego los indígenas fueron mudados nuevamente a su lugar de origen (Araure) por el capuchino Fray José de Nájera, tal como lo testimonia el mismo Padre Carrocera:
otra novedad en esos años fue el traslado del pueblo de San Antonio de Tucuragua a Araure, sitio más saludable y de mejores tierras. Querremos advertir que no se trata de una nueva fundación, sino de mero cambio a otro sitio mejor. Esta mudanza fue efectuada por el padre José de Nájera..  no puede tampoco fijarse cuando haya tenido lugar, pero es seguro que fue por los años 1681 o 1682”.
Vale aclarar que el actual caserío de Tucuraguas, a pocos kilómetros al occidente del pueblo La Sierra, no tiene ningún nexo con estos dos poblados fundados en el siglo XVII (1616 y 1661), ya que ambos estuvieron ubicados a orillas del río Tucuraguas, en un lugar relativamente amplio, y como mencionan los documentos, San Antonio de Berrio tenía una matrícula de 1.100 indios, población que ameritaba unas 200 o más viviendas para albergarlos, mientras que San Antonio de Tucuraguas (que se supone usó el mismo espacio donde estuvo su antecedente) tuvo una población menor pero también requirió gran número de viviendas para su alojamiento. Un reto de investigación (que no he podido cumplir hasta ahora) es precisar la ubicación física del espacio donde estos dos pueblos primogénitos estuvieron asentados.
Otro reto lo constituye dilucidar lo concerniente a la existencia y ubicación de un pueblo denominado “Tucuragua” (sin el santo), entre 1802 y 1816, cuyas matriculas son citadas por el investigador John Lombardi, y allí se puede observar la ausencia indígenas y blancos (en el último año), sin embargo la predominante población esclava se mantuvo presente, así como una significativa densidad en los pardos.

Año
Blancos
Indios
Pardos
Negros
Esclavos
Total
1802
15
07
366
05
72
445
1803
27
00
325
05
65
422
1804
19
00
191
07
46
263
1805
15
00
326
06
62
409
1807
13
00
284
04
50
351
1808
16
00
328
12
50
406
1809
15
00
328
11
50
405
1812
05
00
236
00
49
280
1816
00
00
126
02
25
153

A finales del siglo XIX se conformó y consolidó el pueblo de La Sierra en esos mismos predios. Este pequeño poblado, de una sola calle que discurre a lo largo de una fila montañosa, surgió como centro sub-urbano en las últimas décadas del siglo XIX, formando parte de una amplia jurisdicción territorial denominada “Aldea Tucuragua”, integrada por numerosos caseríos o vecindarios satelizados al de mayor densidad poblacional, al cual se le identificaba como “La Sierra de la Aldea Tucuragua”, en razón a la ya mencionada condición de ubicarse en la fila o sierra de la montaña. Con el tiempo el nombre se redujo tan solo  a “La Sierra”, tal como le conocemos en la actualidad.